martes, 29 de junio de 2010

La Noche Oscura del Ángel


Soy un ser antiguo, casi tanto como la creación misma. Transito por el universo, ahora encarnado en un cuerpo mortal, con el cual desempeño la tarea que he elegido realizar en la existencia. He destruido por piedad la mente enferma de mi última encarnación, y ahora mi conciencia espiritual es libre, tanto para habitar el mundo material, como para vagar entre las dimensiones con una libertad que mi anterior ego mortal no poseía. Y en este estado de ensueño existencial, puedo viajar y contemplar cosas que antes apenas podía intuir vagamente, porque estaba cegado por las concepciones erróneas de una humanidad que ya no tengo.
En este mundo me muevo materialmente entre los mortales, almas humanas de distintas edades existenciales. Despiertas en mayor o menor medida, giran en las interminables espirales de sus evoluciones individuales y colectivas. Y ahora que mi conciencia está libre de las ataduras humanas, también percibo otras cosas en medio de esa cotidianidad: armonías y destellos de inconmensurable belleza, y también aullidos demenciales y horrores que habitan en cada rincón. Ambas cosas, por desgracia, ignoradas por la mayoría de los mortales.

Hoy, en medio de este duermevela de mi conciencia, visito una vez más el sendero de la Noche Oscura del Alma. Otra vez camino por este espacio de puro vacío atemporal. Sin embargo, esta vez no es por mi propia causa. No, esta vez soy un simple observador, llamado a contemplar el horror y la agonía de otro ser.
Como si quisiera engañarme a mi mismo, me pregunto de qué clase de criatura se trata, qué clase de ser es el que está encerrado y torturado por los laberintos de tinieblas de su propia Noche Oscura. Pero es mejor que no me engañe con esos insulsos interrogantes, es mejor acelerar esa cuestión. No suelo llevarme bien con mi propia especie, pero evidentemente tampoco puedo ignorar su dolor.
Alguna vez creí que amar a los de mi especie por encima de cualquier otra cosa era el mayor de mis pecados. Pero ya no creo en los pecados, y ahora considero que ese amor incontenible es mi mayor virtud.
Me detengo un instante en este vacío, observo la Nada, donde transitan las entidades sin mente que pululan por el universo, inconscientes de su propia no-existencia, excepto para abalanzarse raudas sobre cualquier destello de armonía al que puedan atrapar y devorar. Hasta creería que esas entidades buscan adquirir existencia mediante esta voracidad ilimitada a la que fueron condenadas por su antinatural concepción. No es extraño que estén siempre cerca de los que purgan su dolor en la Noche Oscura, no hay mayor fuente de alimento que un alma que deja a su propio resplandor expuesto de esa forma. Estas aberraciones hoy no pueden atacarme, ni siquiera pueden notar mi presencia. Estoy a salvo de ellas, al menos en este momento, porque están atentas al ser al que he venido a buscar, el ser agonizante que llora el dolor de su alma.
No puedo verlo, tan solo percibo su presencia en alguna parte de este lugar sin espacios definidos. Siento su dolor como un gélido puñal en mi propia alma ¿Cómo podría ignorar sus lamentos, aún cuando quisiera hacerlo?
Es un ser tan antiguo como yo, compartimos una misma naturaleza, aunque, a mi pesar, muchas circunstancia nos han hecho totalmente ajenos, como suele ocurrir entre los de mi especie. Muchos nos han llamado ángeles, y es una concepción que se acerca bastante a lo que somos realmente. Otros también nos han tildado de demonios, pero esa es una historia que no tiene relevancia en este momento.
Me pregunto cuál es la causa de su dolor, el nudo de su aflicción. Y la letanía de su alma no tarda en llegar mí, y por el tinte de su llanto comienzo a pensar que ha sido la soberbia su victimaria, ofreciéndole sus dulces y venenosos frutos.
¡Qué fácil que le resulta a mi especie dejarse tentar por ella! Yo he caído muchas veces por esa causa, incluyendo mi última y reciente caída. Pero la mascara con la que se disfrazó mi tentación parece ser muy distinta a la que usó para seducir a mi congénere.
Intento rastrearlo, y lo percibo arrastrándose en su Valle de Lágrimas, cargando con un peso inconmensurable. Un peso que trata de convencerse que puede soportar: el peso del mundo mismo. ¿Ha olvidado que cuando tratas de cargar con el peso del mundo tan sólo estás cargando con el peso de tu propia arrogancia? Temo que sus alas sucumban y se quiebren bajo esa carga. Temo que sus alas ya estén rotas.
¡Cuánto amor y armonía ha derramado en el entramado del mundo! ¡Cuánto ha resplandecido entre los mortales, llenando de sabiduría y bellos sueños sus adormecidas mentes! Estoy fascinado por la belleza de sus obras, no esperaba menos de tan adorable y hermoso espíritu.
Pero los seres humanos suelen volverse insaciables. Soy un Observador, y no puedo dejar de notar cuanto se parecen a las entidades sin mente que fagocitan armonia. Porque cuando los humanos encuentran algo que les alimenta el espíritu, devoran insaciables hasta agotar la fuente. Se aferran como un náufrago a un madero flotante en medio del mar.
Así erigen idolos, salvadores que les dan aquello que no pueden o no saben como generar de sí mismos ¿Y qué es lo que dan a cambio? Las palabras bellas de sincero agradecimiento son poco frecuentes, la mayoría sólo da simples lisonjas, palabras huecas que tiene por intención no perder aquello que tanto ansían, y a veces, incluso, convencerse a sí mismos de la veracidad de lo que están diciendo. Pero esas palabras, cuando están vacías, solo sirven para alimentar una cosa: la arrogancia de quien las recibe.
Y el salvador, embriagado en su arrogancia, crea lazos endebles con los mortales, porque se hace adicto a sus alabanzas. Las relaciones entonces se vuelven asimetricas: un maestro que otorga sus conocimientos a unos niños hambrientos de su sabiduria, unos niños que muchas veces sólo reciben condescendencia y falsa humildad.
La sabiduría asi se corrompe, los energía se estanca y se vuelve toxica en esos vínculos. Como Observador, he visto eso muchas veces. He visto salvadores que actúan sobre sus pupilos, decidiendo por ellos, bajo la premisa de que obran “por su bien”, por el bien de esos ignorantes a los que ayuda a despertar y evolucionar.
¿Creerán que no hay fracasos en sus actos, sino tan sólo la imposibilidad de esos desgraciados de ver el bien que les han hecho, incluso causándoles dolor?
¡Ah, pero el dulce fruto de la soberbia, como hiel en las entrañas se vuelve, llenando de amargura a quienes lo prueban!
¿Serán los efectos de ese veneno los que hacen gemir a esta criatura en su Noche Oscura? ¿Será por la aflicción causada por el largo tiempo realizando tan ingrata tarea? ¿Será que ha recibido muy poco del sincero agradecimiento que llena de verdad el alma? ¿O la causa de su dolor es que no ha logrado convecerse a sí mismo que no esperaba nada a cambio de su bondad, a pesar de repetírselo miles de veces hasta el hartazgo?
No voy a mentir y decir que me apeno por los mortales. Nunca he sentido mucho amor por los humanos, y eso no ha cambiado a lo largo de los evos. Ese no es mi camino, no es lo que elegí como destino. Soy un Observador, no un Maestro. Mi pena es por los gemidos de esta afligida criatura, por el lamento que aúlla desde el fondo de su alma. Un dolor que incluso puede estar siendo ignorado por su propia mente mortal. Un dolor causado por el destino que su amor le ha hecho elegir.
¿Qué otra cosa más que el amor por los humanos podría llevar a un ser a cometer semejantes actos? Sí, el amor les hace elegir un destino entre ellos, caminando entre mortales como si fueran uno más de su especie, tratando de abrirles las mentes y los corazones a las verdades del universo, como un pastor que conduce un rebaño en un lento peregrinaje hacia el despertar del espíritu.
Qué difícil y loable misión. Misión que yo jamás elegiría ni aceptaría. Misión que entiendo por mis incontables milenios observando el devenir de la historia universal, pero que jamás podría comprender ni sentir como propia. Una misión en verdad admirable, pero llena de riesgos y escollos para los seres que dejan a sus corazones conmoverse por la belleza de los mortales, para los que aman de verdad a esos frágiles resplandores que nacen a la existencia, esas almas que buscan ocupar su lugar en el luminoso entramado de la vida y los ciclos espirituales.
Lamentablemente, los seres que eligen este destino son presa fácil de la siempre atenta soberbia, que se disfraza de abnegación para seducirlos, haciéndolos creer en el total desinterés de sus actos, obligándoles a actuar con entereza inconmovible ante las adversidades y las ingratitudes. Se revuelven en contra de sus deseos, como si las satisfacciones constituyeran una afrenta a su misión.
Y se transforman en seres gruñones enaltecidos en su beatitud, se llenan de ínfulas de dioses autoproclamados, como si fuera unos seres superiores capaces de poner orden en el caos generado por los débiles mortales. No admiten su propia vulnerabilidad, su propio dolor, sus propios deseos frustrados, enmascarándolos bajo la sacra idea de una misión que les trasciende, como un destino inapelable al que están atados sin otra elección posible. Pero los falsos dioses siempre caen, tarde o temprano.
Y lamentablemente no hay nada más terco que un ángel herido, que está rumiando las implicancias de sus sueños rotos.
Sin embargo, ni siquiera las Noches Oscuras son eternas, ni el Vacío es capaz de apagar los hermosos resplandores de las almas. Y la llama primordial que vibra imperecedera en cada espíritu, ese deseo que se aferra eternamente a la armonía, siempre prevalece. Tarde o temprano la Noche Oscura termina, y el alma vuelve a resplandecer, las alas desgarradas sanan, y el ángel puede volver a desplegarlas prístinas y exultantes, como si fueran nuevas otra vez.
¡Cómo desearía poder desgarrar los velos de esta vacuidad, alcanzar a este ser gimiente en su valle de dolor, y ahuyentar a las aberraciones que tratan de cebarse en su resplandor! ¡Cómo desearía cobijarle entre mis plateadas alas, estrecharle en mis brazos y susurrarle al oído que ya no tiene nada que temer, que está a salvo en mi regazo! Cómo desearia poder limpiar toda su aflicción con la luminosidad de mis lágrimas...
Pero la realidad es que nada puedo hacer yo por esta criatura. Soy un simple Observador. Y la Noche Oscura es una experiencia que le pertenece sólo a quien la atraviesa. No hay forma que puede alcanzarle y tampoco soy tan arrogante para creer que tengo el poder de darle alguna clase de alivio a su padecimiento.
Y en el mundo mortal, donde las palabras y los actos tienen más poder porque no se pierden en el vacío de estas tinieblas, estas almas crean unos laberintos a su alrededor que sólo a unos pocos dejan atravesar, y levantan unos muros inexpugnables que difícilmente alguien puede derribar. Se vuelven frecuentemente inalcanzables, a pesar de que muchas veces parecen abiertos al mundo de los mortales. Yo mismo he usado esas artimañas para ocultar mi presencia más de una vez, y las identifico con facilidad cuando me encuentro con alguno de estos seres que tratan de ocultar sus verdaderas naturalezas.
¿Por qué hacemos eso? ¿Por qué nos ocultamos, incluso de nosotros mismos? ¿Para no interferirnos en nuestras misiones? ¿Quién ha dicho que debemos hacerlas en soledad y alejados? ¿Es una regla universal?
No he llegado a esta instancia de la existencia siguiendo reglas y no veo el motivo para cambiar eso. Pero es mejor dejar de lado, por el momento, esas cuestiones, ya no tengo nada que hacer aquí.
¿Son lágrimas las que brotan de mis ojos mientras me alejo, son mis frías lágrimas? Siento que es la primera vez que las veo, pero sé que no es asi. Los vestíbulos de las dimensiones se deshacen mientras vuelvo al mundo mortal...

… donde durante algún tiempo puedo fingir que el eco de ese lamento que he dejado atrás no es más que el resultado de mis interminables ensoñaciones y fantasías.
Una media verdad que me sirve para calmar esta mente que nunca descansa, aunque sea durante unos inquietos y fugaces instantes.

sábado, 26 de junio de 2010

Compañia inesperada


El perdón nunca llegó. Ninguna señal, ninguna epifanía. Y cuando me atrevi a elevar mis ojos, tan solo pude ver la ornamentada boveda de la nave de la catedral.
Esperé, pero nada ocurrió, y entonces dejé de llorar, y decidi salir otra vez al mundo, ese mundo que había dejado con el corazón lleno de aflicción. Pero esta vez, al contemplar otra vez la vida de allí afuera, mi espiritu descarnado pudo observar todo sin los sesgos de la mortalidad.
El tiempo parecía haberse detenido. Todas las personas estaban inmoviles, pero en poses que parecían indicar que hasta ese momento habían estado en movimiento. Pero comprendí que no estaban quietos en absoluto, sino que mi alma estaba moviendose a una velocidad diferente a todo lo que me rodeaba, dentro del mundo y a la vez fuera de él, en una dimension distinta, como si observara todo a traves de un cristal.
Observé con detenimieto todo lo que rodeaba, cada arbol, cada nube, la hierba que crecía en las plazas de la ciudad. Luego observé a las personas, inmoviles en apariencia, con las llamas de sus almas vibrando trémulas dentro de cada uno de ellos. Llamas de diferentes tonos, ninguna igual a otra.
Al observar esas almas, sus resplandores, recordé mi ultima encarnación: él podía percibir las auras, podía sentir el resplandor de las almas. Mejor dicho, estaba obligado a percibirlas, como si uno de mis dones se hubiera traspuesto sin filtros a sus capacidades extrasensoriales. Era mi bendición, pero con el tiempo se transformó en su maldición. Y el impacto de sentir esas energias, el hecho de tener esas percepciones, con el tiempo se volvió nocivo.
Y mientras recordaba eso con una cierta tristeza, como una emoción flotante que no terminaba de condensarse en mi corazón, algo llamó mi atención, me sentí observado, y de inmediato busqué la fuente de esa extraña sensación.
No tardé mucho en encontrarlo, allí estaba, con sus ojos dorados, mirándome, desde lo alto de la rama de un arbol, semioculto entre las verdes e inmoviles hojas.
Un gato de lustroso y negro pelaje, inmovil por su propia voluntad y no por el extraño efecto interdimensional. Me acerqué a él, preguntándome si en verdad estaba viéndome, y el motivo por el cual la inmovilidad del resto del mundo no le afectaba.
Maulló suavemente, y de inmediato comprendí su mensaje: - Sí, puedo verte... y antes que lo preguntes, la inmovilidad del resto del mundo no me afecta porque mi especie se mueve entre las dimensiones. Somos guardianes de los Portales.
Esa criatura podía leer mis pensamientos, y en mi estado, libre de la mortalidad, eso me resultó de lo más natural. La llama oscura con la que brillaba su ser me subyugó por completo, y el deseo de que me acompañara en el recorrido que estaba a punto de comenzar creció de inmediato.
Demás está decir que no hicieron falta palabras para que mi anhelo fuera correspondido por la elegante criatura, que de inmediato saltó de la rama, se sentó en el suelo a mi lado, y comenzó a acicalarse con la tipica indiferencia de su raza.

miércoles, 16 de junio de 2010

Buscando el perdón


Estos pasillos de mi catedral, tan silentes, tan sosegados. Cuántas veces deseé volver aquí, a la tenue luminosidad de mi templo, donde nada puede perturbarme. Mis lágrimas ahora me dan paz, ya no son lágrimas de sufrimiento, porque la confusión que me causaba el sufrimiento ha caido.
¡Dioses piadosos, no deseo volver nunca más al mundo a experimentar la confusión de la mortalidad!
Quisiera que se derramaran sobre mi ser las benditas aguas del perdón, y retornar a la eterna beatitud de los Cielos, el Paraíso que he perdido por mi soberbia y mi desprecio por la humanidad.
Qué fácil resultaba juzgar las acciones de los seres humanos desde lo alto, observando con impaciencia cada uno de sus errores, pensando que yo podía actuar acertadamente en todo aquello donde ellos se equivocaban. Qué soberbia la mía la de creer que eran seres inútiles y débiles, culpables de todos los males.
Esa soberbia me llevó a encarnar en un cuerpo mortal y caminar entre ellos como uno más de su especie, con la seguridad de que mis pasos serían mas firmes, que no caería en los mismos errores y miserias que ellos.
¡Qué equivocado que estaba!
No sólo cometí los mismos errores, sino que no tuve la fortaleza para sostenerme en el mundo y caí por mi propia ignorancia y cobardía.
Fracasé, y morí en el intento de ser un mejor ser humano que todos los que me rodeaban. Incluso podría decir que fuí peor que todos ellos.
Y ahora regreso, humillado por el fracaso de mis sueños, con las alas rotas, desgarradas. De rodillas sobre el altar, suplicando en silencio el perdón.
Los pecados de los ángeles son siempre más graves, porque pecan con la plenitud de sus conciencias.
Aún no sé si merezco ser perdonado.
Aún no me atrevo a volver a elevar la mirada al Cielo...